28/04/2012 Número de leitores: 788

La palabra adivinatoria de Dora Ribeiro

Antonio Maura Ver Perfil


Foto: Antonio Veiga

El lenguaje puede ser reducido a su expresión más perdurable y básica - la palabra - como el cuerpo humano al esqueleto. Este curioso paralelismo entre hueso y palabra poética es algo que me hizo descubrir, en Madrid, Dora Ribeiro. La poeta brasileña estuvo leyendo sus poemas en la Residencia de Estudiantes una tarde plomiza y aciaga en la que el pueblo de Madrid protestaba por los continuos recortes presupuestarios y las condiciones draconianas a las que nos obliga nuestra permanencia en la Comunidad Europea. Y es que ha finalizado esa época de vacas gordas mal gestionada por políticos y banqueros prepotentes e incompetentes, que son adjetivos que se parecen tanto que bien podría pensarse que se trata de uno solo. Como digo, en aquella tarde aciaga, se dejó oír la voz cuidada, melodiosa, tal vez titubeante, de la poeta Dora Ribeiro diciendo, sugiriendo, apuntando esta similitud entre hueso y palabra, entre poema y adivinación.

             osso                                  hueso
             oráculo                              oráculo
             osso                                  hueso
             de tanto se repetir               de tanto repetirse
             a lengua vibra                     la lengua vibra
             em estilhas e                      en astillas y
             se inicia em novos               se inicia en nuevos
             significados                        significados

Este poema recogido en el libro Olho empírico, que me he permitido traducir, explica esa relación entre la palabra poética y el desvelamiento de una realidad hecha de tiempo y espacio, de distancias y duraciones intercambiables. El poema es una plegaria que, a fuerza de repetirse, se quiebra, pero que, milagrosamente, como toda plegaria, emerge con nuevos significados que no estaban en sus palabras. Es una jaculatoria mágica - el poema - que busca expresarse entre los ruidos del mundo desvelando y revelando lo que queda oculto. Es el hueso bajo la piel, que llama al músculo, a la víscera y a la piel para habitar el mundo. Es el hueso que no son capaces de roer las pequeñas larvas a las que dedicó su libro Brás Cubas. Y ese hueso, esa semilla de lenguaje se hace carne y vive con nosotros. “Creo que hay palabras que nos observan, nos enseñan, nos acompañan por la vida. Y nos dejan su marca”, explicaba en Madrid la poeta nacida en Campo Grande. También yo lo creo así. La vida es una experiencia que las palabras alumbran. Por ellas sabemos y amamos, por ellas entendemos y nos comprometemos, por ellas, con ellas, nos comunicamos. Y morimos. La existencia es lenguaje. Por eso la palabra-hueso genera nuevos cuerpos, nuevos significados, habita en tierras desconocidas, se multiplica en otros poemas, en otras anatomías, provoca una reencarnación interminable de seres, vidas, lenguajes. Como las ondas del mar, como la vibración interminable del universo, como el aliento palpitante de lo existente, la palabra y el poema se multiplican y se suceden, se desarrollan en una corriente de fuerza y sentido. Dora Ribeiro reconoce esta capacidad motriz, este movimiento interminable en su poesía y en su vida. Onda o partícula la luz recorre de parte a parte el universo para iluminarlo. Sea aliento o escritura la palabra poética atraviesa nuestra vida para dotarla de sentido.

             palabras enteras                 palabras enteras
             abrem-se                           se abren
             já divinatórias                     adivinadoras 
             e escandalosas                   y escandalosas
             fazendo morrer em               haciendo morir en
             mulheres e                         mujeres y
             homens as suas                  hombres sus
             primeiras imagens                primeras imágenes



Foto: Antonio Veiga

Pero la voz se quiebra - a fuerza de repetirse -, se fragmenta y, de la ruina de los sonidos, de los fonemas, surgen los nuevos significados, las nuevas realidades que habitan en nosotros. La palabra es mágica y es comunitaria: hace pueblo y desvela la identidad, la nuestra y la de nuestra gente, la del hombre y la de la humanidad. Las palabras desbaratan las primeras imágenes, fueron los rudimentos de nuestra infancia, nos sirvieron para entendernos y entender el mundo. Primero nos indicaron quienes éramos y dieron un nombre al enigmático “yo”, cerraron nuestro cuerpo y lo distinguieron de los otros cuerpos. Era la palabra reveladora y profética que aprendimos como aprendimos los nombres de los que nos protegían, de nuestras necesidades físicas, de nuestros miedos ancestrales. Para Dora Ribeiro la poesía hay que entenderla como movimiento y como infancia: Como movimiento porque es natural y es fuerza ciega y está impregnada de historia. Como infancia porque sólo los niños saben inventar y configurar lenguajes absurdos, impenetrables, esclarecedores. Lo dijo así: la poesía es “nuestro más fiel y duradero animal”. Si no se siente la poesía como algo vivo, palpitante, como un cuerpo que se mueve y respira y se alimenta, si la palabra poética no se entiende como un oráculo y, a la vez, como un hueso indestructible, que sirva de armazón a un significado todavía por desvelar: si no es así, el poema ha muerto. Sin embargo, la voz poética es cómplice y está viva: es viento y es aroma, es voz y es recuerdo, es el pulso en la sangre y es el juego sideral de los astros, es silencio burbujeante y es vacío en plena tensión. Uno y múltiple, en la resonancia interminable de las voces, la palabra, el poema se reproducen como una célula o un organismo.

       sob manhãs moventes         bajo mañanas móviles
       pensar os alrededores          pensar los alrededores 
       
e seus sexos                      y sus sexos 
       é obra de demolição            es obra de demolición

Dora Ribeiro concluye este poema que abre un libro, o parte de un libro titulado “escritura de demolición”, con esta estrofa. Son móviles las mañanas, vibrantes, como antes lo era la lengua generadora de palabras - la lengua-instrumento, la lengua-órgano - que crea la mañana y la nombra como a sus contornos espaciales o temporales, a sus silencios y a sus misterios. Pero las mañanas como los que la habitan son móviles y vagan ? los seres ? anclados tan sólo por sus sexos, por el fruto que los liga a la tierra y a la sabia del mundo. Sexos que chocan y se entreabren como las flores y los frutos: sabrosos, delicados, aromáticos. Pero todo ello, apunta la poeta, es obra de demolición. Se derruyen las anatomías, los cuerpos, para que se mantenga la vida. Se rompe la estructura del lenguaje para que desde sus cascotes-sílabas, desde sus letras-astillas se construya otro significado, una visión nueva de la historia y de la vida.

La luz de la tarde se difuminaba en la ciudad. En la intimidad de la sala habíamos escuchado las palabras redondas, extrañas, reveladoras. Nos habían hablado de distancias, de estallidos de belleza, de abismos y fiestas salvajes, de músicas y de silencios, de tiempos líquidos y de cuerpos-escrituras, de vacíos y de jardines, de caminos y de miradas, de geometrías y de cuerpos, de reescrituras y demoliciones, de construcciones… La palabra poética, que nacía y renacía una y otra vez, con su hueso y su piel, con su aroma y su sonido, alumbró fugazmente, a fogonazos, la noche y se disolvió en la oscuridad. La tarde había quedado preñada de escondidas verdades que nadie sabría repetir, pero que todos sentíamos en la carne y en la conciencia. Y con ese vago perfume, con ese presentimiento, nos abandonamos a nosotros mismos tal vez repitiendo mecánicamente, como una oración a un dios desconocido: hueso, oráculo, hueso…




Antonio Maura