Café Literário Cronópios

João Hélio da Vinci
por Lucius de Mello





 
Coluna:
LAS VOCES Y LOS ECOS
Antonio Maura


El riesgo del juego de Domício Proença Filho
por Antonio Maura




Los nombres de Clarice Lispector
por Antonio Maura




Somos prisioneros del lenguaje y del tiempo
por Antonio Maura




Memoria de un poeta desconocido
por Antonio Maura




Música Visual (Quarta parte)
por Antonio Maura




Música Visual (Terceira parte)
por Antonio Maura




Música Visual (Segunda parte)
por Antonio Maura




Música Visual (Primera parte)
por Antonio Maura




El periplo español de Jorge Amado
por Antonio Maura




Pintura, libros y poemas: João Cabral en Barcelona, 1947-50
por Antonio Maura




Tres novelas españolas sobre Brasil
por Antonio Maura




La palabra adivinatoria de Dora Ribeiro
por Antonio Maura




Literatura y Realidad: dos voces, ¿o una sólo?
por Antonio Maura




Homenaje a Jorge Amado
por Antonio Maura




Una araña denominada Lygia Pape
por Antonio Maura







 


Carlos Emílio C. Lima


Marcelo Tápia


Bráulio Tavares


José Aloise Bahia


Jussara Salazar


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Solange Rebuzzi


MEZANINO


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Paula Valéria Andrade


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Maria José Silveira


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Antonio Maura


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Leda Tenório da Motta


Frederico Füllgraf


Mathilda Kóvak


Marcelo Barbão


Alfredo Suppia


Artur Matuck
15/10/2011 16:21:00 
Una voz oceánica (Impresiones de la estancia del poeta Lêdo Ivo en España)


Por Antonio Maura


                                                                                                          Foto: divulgação

Soy, radicalmente, visceralmente, un poeta. Es lo que me hace sentirme ligado a todos los seres humanos y a la vida, animal y vegetal.”
                                                                                                 Lêdo Ivo en Bilbao, 7 de octubre de 2011.


       Explicaba João Cabral de la generación poética a la que pertenecía que, a diferencia de la del 22 o la de la segunda oleada modernista del 30, estos jóvenes poetas no tenían la insurrección por bandera, ni necesitaban crear nuevas formas, sino que, «os poetas de 1945 encontraram já uma determinada poesia brasileira, em pleno funcionamiento, com a qual era impossível não contar.
Mas se é verdade que escrever poesia a partir do que se estava fazendo era uma atitude cômoda, a coisa se complicava para esse jovem poeta desde o momento em que ele se lançaba em busca de sua dicção própria.» Era, por tanto, la búsqueda de la propia voz su grave problema y, como recordaría el autor de O cão sem plumas en la misma colección de artículos publicada originalmente en el Diário Carioca, en 1952, y reproducida en la edición de sus Obras Completas, «uma geração é definível mais pelos problemas que encontra do que por uma maneira comum de resolver seus problemas.» Se trataría, por tanto, de una generación, la del 45, compuesta por poetas que necesitaban encontrar, en palabras del poeta pernambucano, un timbre personal. Y ese timbre, esa coloratura de voz es lo que caracterizará la poesía del poeta pernambucano y la de su otro gran compañero en la gesta poética, el alagoano Lêdo Ivo. En nada se parecen los poemas del uno y del otro, pero en su diferencia, en sus distintos, y distantes, discursos está su principal rasgo generacional.

      
Lêdo Ivo así lo ha demostrado a lo largo de dos semanas de su permanencia en España, invitado por la Fundación Cultural Hispano Brasileña, donde ha leído y explicado sus poemas, y ha impartido lecciones magistrales sobre su quehacer poético. Tanto en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, como en la Universidad de Valladolid o en Bilbao, el poeta alagoano ha querido explicar que un poema es un donativo, que puede surgir en un momento mágico o demorarse en nacer hasta veinte años. Lo importante no es el tiempo de gestación, sino el encuentro con un lector capaz de escuchar y aceptar el canto, capaz de convertirlo en palabra viva. Y eso hizo el autor de Finisterra en diferentes momentos. El silencio expectante mientras recitaba o la ovación una vez terminada la lectura fueron los gestos con los que le acompañó el público, que tuvo la oportunidad de oírle y seguir el parsimonioso y constante ondularse de sus palabras. Lêdo Ivo más que un poeta al uso, es un rapsoda, cuyas raíces hay que buscar en los poemas épicos de Neruda o de Whitman y, más allá, en el horizonte del mito, en la voz homérica. Se trata de una poesía narrativa, que cuenta y enumera naves y prodigios, que rememora el pasado, las viejas nostalgias de una vida que nunca regresará, pero que la voz, el canto, es capaz de recuperar. La vida, ese extraño amuleto con el que nos adornamos, que creemos vestir como una túnica por el hecho de encontrarnos aquí, pero que desconocemos, que se nos escapa como agua entre los dedos, como el aire que respiramos y que somos incapaces de cosificar. La vida a la que alude Lêdo Ivo, que canta Lêdo Ivo, es un pasado hecho presente, es el faro de su ciudad natal que rastrea la oscuridad de las callejuelas desnudas e inhabitadas. Es el chapoteo del agua sobre los cascos de los barcos. Es el salitre que corroe las balaustradas de hierro de las antiguas mansiones, que impregna a las cosas y a los seres. Son los murciélagos que cuelgan oscilantes de los techos carcomidos de la vieja casa paterna o el zorro que recorre, de madrugada, la desolada y vacía ciudad. Son las velas triangulares de las barcas de los pescadores y el humo de los ruidosos paquebotes que atracan en los muelles. Son las plazas blancas recorridas por cangrejos y los puestos de pescado fresco en el mercado y el cementerio donde yacen solitarios los muertos que ya no volverán, que habitan sólo en el olvido. Es el destartalado manicomio reflejado en los ojos de sus huéspedes como en espejos opacos. Es la estación de autobuses por la que merodean, con sus paquetes y bolsas, los miserables y hambrientos que buscan otras ciudades para morir. Esta es la materia del canto: una larga retahíla de imágenes y hechos, de personas y cosas, de reflejos y de sueños, que Lêdo Ivo recupera de las marismas de la memoria y nos la entrega, convertida en palabras de viejo rapsoda, antes de que se diluya en el silencio. Un silencio que, siguiendo la lógica interior del poeta, tal vez se confunda con la voz de Dios:

      
É só no seu silêncio que Deus fala
       e diz tudo.

      
Pero no sólo son largos versos los que dice y canta su poesía. Pocos saben que el primer libro suyo publicado en España fue en 1948, en Barcelona, en una pequeña tipografía artesanal con la que su amigo, João Cabral de Melo Neto, destinado en aquellos años como diplomático en el consulado brasileño de esa ciudad, editaba unos cuadernos de poesía que, al ir sin coser, recibían el nombre genérico de Livro inconsútil. En esa curiosa colección vieron la luz poemas de Manuel Bandeira, Vinicius de Moraes y de los españoles Joan Brossa o Juan Eduardo Cirlot, entre otros. El libro escogido de Lêdo Ivo para esta edición de poco más de cien ejemplares —hoy codiciadísima por los coleccionistas— fue el titulado Acontecimento do soneto. El poeta alagoano explicaba en Madrid que el libro procedía de una obsesión de Cabral por esa forma pura, cerrada, del soneto, ejemplo de síntesis poética tan alejada del espíritu y de la estética modernista brasileña. El autor de O cão sem plumas nunca escribió sonetos, pero su amigo, el autor del poemario Finisterra y de la novela Ninho de cobras, dedicó a su mujer, Leda, un conjunto de veintiún piezas de sorprendente claridad y concisión. Desde aquella remota década del 40, Lêdo Ivo ha cultivado indistintamente el poema breve y el largo. Su poesía, a veces, se mueve entre los dos aspectos que observamos en una ola marina, por una parte, concentrada en su espuma, con la fuerza de la sacudida contra el acantilado o con su dulce deslizarse sobre la arena y, por otra, formando parte de la extensa planicie oceánica de límites inalcanzables.

      
La poesía es al mismo tiempo límite y libertad”, confesó a la periodista mexicana Maria Teresa Cárdenas en marzo de 2001. Y en la misma entrevista mencionaba también al crítico Eugenio Lisboa, quien afirma que “lo que convierte a su poesía en un caso fascinante es la tensión nunca resuelta y, por eso continuamente dinámica, entre lo caudaloso y lo rigurosamente medido y despojado.”
      
Hay en este poeta marino algo de pescador que se presenta en la playa semidesnudo o de naufrago que lo ha perdido todo a excepción de sus recuerdos y de la inagotable nostalgia que humedece sus ojos. Como pescador y naufrago, Lêdo Ivo rememora su pasado y reinventa la vida entre la realidad y el sueño, entre la verdad y la mentira, pues con ambas urdimbres se teje el poema.

      
O mar às avessas:
      
as constelações
      
são navios.

      
A poesia é uma mentira.
      
As estrelas não são navios.
      
O céu é uma ilusão.

      
A verdade está na terra,
      
nos navios ancorados
      
ao longo do cais.

      
Cuando leí este poema, que pertenece al libro Mar Oceano (1983-1987), Lêdo Ivo no se acordaba ya de él, pero sirvió como base para conversar sobre la verdad y la mentira que todo poema contiene. Nada es propiamente ni lo uno ni lo otro y es con ambos aspectos de la realidad con los que se viste el recuerdo. Los hechos y las cosas que provocaron el canto ya no están entre nosotros, sólo las palabras, raras lámparas de aceite que sirven para alumbrar la oscuridad. Y este poema, que afirma que la poesía es mentira, ya que la verdad está en la tierra, reúne constelaciones y navíos en un contradictorio dilema, pues nunca sabremos si el cielo es mar y las estrellas son las luces de los barcos en la noche o, por el contrario, es el mar el que se refleja en el cielo y lo vuelve constelado con su espuma. En este breve poema se encierra uno de los más hermosos espejismos marinos que cautiva al naufrago y nutre los ensueños del pescador.



                                                                                                         Foto: divulgação

Difícil sería resumir todo lo que se dijo al calor de estos poemas y la sorpresa que provocaba en un auditorio entregado como, en las antiguas plazas, donde los juglares y rapsodas recitaban sus acompasados versos en medio de una multitud ávida de novedades y prodigios. Entonces querían que se les hablara de los dioses y de héroes indomables que se perdían por amores prohibidos. Lêdo Ivo, como esos juglares que todavía recorren los pueblos del sertón con sus libros de cordel debajo del brazo, ha descubierto que no hay dioses, sólo un silencio con el que “un Dios mudo responde por todo”, y que los héroes invencibles y sus amoríos inalcanzables se hallan en un pasado remoto, que se confunde con aquel faro de su ciudad natal que, a ráfagas, ilumina la noche y a los torpes transeúntes que se atreven a deambular por sus calles vacías. Escuchando sus poemas he pensado que ese faro es el símbolo de su voz como aquella lámpara con la que Diógenes buscaba ―bajo la luz del mediodía en medio de una plaza llena de gente― a un hombre. Del mismo modo, la poesía de Lêdo Ivo busca un puente —como un arco iris— que comunique un pasado ensoñado con un futuro ideal. Y en medio, inevitablemente, estaría el presente, el poema, que brota, rezumando espuma, con todos sus reflejos, como una ola inmensa y eterna.



                                                 * * *


Antonio Maura é escritor, crítico e professor universitário espanhol. Sócio Correspondente da Academia Brasileira de Letras (julho, 2011) e assessor da Fundação Cultural Hispano Brasileira. Tem publicado, entre outros, os romances Voz de Humo e Semilla de Eternidad, e o livro de contos Piedra y Cenizas. Faz parte do Conselho Editorial de Cronópios. E-mail: amauraba@gmail.com

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